Paseas por la sala manteniendo un perfil bajo, serpenteando entre gente que charla o baila, la cámara junto al cuerpo para evitar golpes innecesarios. Ahí esta, cruza el rabillo de tu ojo apenas un esbozo de lo que puede ser una buena captura. Decides mantener una cierta distancia mientras rodeas el terreno, estableciendo la mejor posición mientras observas como se mueve, siempre hay un patrón, un ritmo. Miras arriba, mueves la rueda ajustando la velocidad de obturación notando los clicks en la llema del dedo cuentas mentalmente para llegar a la velocidad adecuada a la cantidad de luz y el color de los focos, con el anular mueves la rueda del zoom, el encuadre y el tono se verán afectados por la distancia focal que uses, en los oídos y el pecho sientes el ritmo de la música, los compases te guían. Cuando el momento llega es cuestión de un segundo, levantas el brazo aprietas ligeramente el disparador y ves el haz de luz roja de apoyo del flash, dejas que el enfoque automático haga su trabajo, sin pretenderlo estás apretando los dientes y conteniendo la respiración, aprietas hasta el fondo el disparador y sueltas uno o dos disparos en ráfaga. Giras la cabeza y empiezas a andar buscando la siguiente foto.
No todo es apuntar y disparar al aire o tirar ráfagas con la esperanza de capturar algo interesante, es la emoción de la caza.